55

Las cosas pasan por algo. Una de esas frases hechas que más se utilizan en la ciudad, según un censo que no realizó nunca nadie. Pero vamos, no hace falta hacer consultas para todo. ¿Qué es esa extraña obsesión por las encuestas y las opiniones que se viralizan todas las mañanas, regando de datos los celulares inteligentes de millones de persona en el mundo? ¿Será que necesitamos tener una contención todo el tiempo? ¿Será que ya somos incapaces hasta para opinar lo que nos parece o nos viene en gana?

Por ejemplo, qué tal si digo que tuvimos el agosto más frío de los últimos……ponganle, treinta años. La verdad que ni idea, pero qué se yo, particularmente me cagué de frío. Y si viene un especialista en meteorología de la costa argentina y me plantea lo contrario, que no fue así, que para nada el agosto del 2019 fue el más frío de los últimos tiempos. Sinceramente, no me cambiaría lo que sentí, porque estoy convencido de que en ese momento me cagué de frío y……¡Pero qué insoportable cabeza dura! ¿no? Si tengo las pruebas suficientes, por qué no aceptar la realidad como se dio y confesar lo inconfesable: no me banco el  frió, mi umbral de frialdad es bajo, etc. Pero es más fácil y tentador ocultar y negar la realidad. Algo mejor sería tomar un buen estudio de situación y hacer un análisis adecuado, argumentando sólidamente para no quedar pedaleando en el aire. Bien, en Argentina hubo un atentado que fue el más terrible de su historia, y de eso da cuenta el gran documental Proyecto 55, que se estrena esta semana, en vaya a saber qué cines del país. En Mar del Plata/Batán, no. Aunque, afortunadamente, en la edición número 32 del Festival de Cine, tuvimos la oportunidad de verlo y charlar un rato con el director. Esta semana me parece fundamental recomendar esta película para que no se pierda la memoria. Por eso, transcribo la impresión que me dejó en el momento que la vi, algunos datos generales y la esperanza de que alguna vez podamos compartirla en las salas de cine de Mar del Plata:

 

*Proyecto 55, dirigida por Miguel Colombo. Se trata de un trabajo sobre la memoria, que parte de una búsqueda a partir de un sueño recurrente con un bombardeo en la guerra, de esa primera persona que es el propio director. Como buen documental performativo, se caracteriza por la subjetividad, un rastreo en el que es el propio director quien se expone. Por eso es que comienza buceando en los recuerdos familiares (reconstruye la historia de sus abuelos en las guerras mundiales) hasta dar con el episodio que lo va a obsesionar: los bombardeos a la plaza de Mayo del año 1955. El material utilizado para la reconstrucción del hecho traumático en la historia surge con el seguimiento que le hace el director al proyecto de dos amigos artistas, quienes entrevistan sobrevivientes de los tres bombardeos. Además, utiliza – por primera vez en un largometraje – material de archivo de ese día, que posee la Biblioteca Nacional y que es reciente. Se trata de un par de latas que llegan a conformar cuarenta minutos de registro de imágenes del segundo bombardeo, el tercer bombardeo y el día posterior. Al parecer, según contó el propio director, las imágenes fueron tomadas por dos cámaras diferentes. Extrañamente no se habían utilizado en ninguna película hasta hoy, a lo mejor esa herida no termina de cicatrizar, tal y como muestra el documental. Todavía no hubo un mea culpa de varios sectores políticos y civiles que participaron de la masacre no condenándola, no dándole entidad de atentado. La memoria trabaja en capas, afirma el director, por eso del recuerdo de sus abuelos y la guerra, pasa por los bombardeos a su ciudad en 1955, luego va hasta Vietnam y la lluvia de fuego del napalm para finalizar con su hijo en el Parque de la Memoria, deseando que en el futuro la serie del horror se corte. Las capas que se funden para lograr un relato contundente y bien logrado.

 

Entonces, volviendo a lo del principio…un concejo: a la hora de revisitar la memoria cabe distinguir entre nuestros deseos y lo que se percibe como realidad, aunque a veces haya incongruencias. En verdad, siempre las hay. El esfuerzo que debe operar es importante y complejo: la búsqueda tiene que ser la verdad. Aunque duela, aunque no coincida con nuestros deseos, nuestras opiniones, nuestros resentimientos. Memoria, verdad y justicia, cueste los relatos que cueste.

*Una más:

Esta semana falleció, en el frío invernal de la ciudad de Mar del Plata, el afamado ex arquero de Rosario Central apodado “el gato” Andrada. A pesar de su destacado desempeño como futbolista, este sujeto será recordado con otro apodo, más acorde a su persona: el agente “S”. La memoria lo tendrá siempre como el arquero que trabajó para los servicios de inteligencia del ejército, que protagonizó episodios de los más lamentables y oscuros durante la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. Y no es casual que haya terminado sus días en la ciudad costera. Como tantos otros represores y criminales de la dictadura, gozaba de los beneficios de la duda, no pesaba condena sobre sus manos de asesino. ¿Por qué? Porque estaba bien cubierto, operaba en las sombras de las sombras, señalando adolescentes que serían asesinados por Luis Abelardo Patti y sus secuaces. ¿Y la Historia? La Historia lo condenará como es debido, el pueblo no olvidará. Aunque hay que admitir que la posibilidad de tergiversar la Historia, de releerla y reinterpretarla puede cometer otro error de lectura y que descanse en el limbo del “beneficio de la duda”. Por eso es imprescindible luchar ahí donde opera el vacío, el olvido adrede.

***Humildemente, Scardanelli. Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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