AÑO X

 Entender es volver a narrar

  Ricardo Piglia, en “Teoría de la prosa”

 

Corría el año x en la ciudad de Mar del Plata y daba la sensación de que era imposible que las cosas se transformaran. Los barrios lucían cierta desolación de superficie, pero en el fondo reinaba la desesperación, porque lo único que subía sin control eran el desempleo y la inflación. El costo de vida no paraba de escalar. Un viejo intendente, ojeroso y en ayunas, se enteraba, una de las últimas mañanas de invierno, que estaba muerto. Sí, ya era un cadáver político que deambulaba por los despachos del Palacio Municipal, como las arañas que quedaron secas en los rincones del techo del archivo. Pero había alcanzado a dejar un documento firmado – o se lo habían hecho firmar -. Finalmente, se deshacía de su Secretario de Hacienda, un tipo cuya única característica destacable era que resultaba aún más irritante que el propio mandatario. Allá lejos habían quedado las mejores tardes del dúo que llevara a la ciudad, por enésima vez, a ser el pedazo de tierra más difícil de habitar de todo el país…

Los doce meses de Mar del Plata, de Batán. El problema, en aquel aciago año x, era que a los meses había que transcurrirlos. La nafta había subido tantas veces, que aquella mañana la nueva trepada del precio había pasado – casi – desapercibida. Total la “gente” va a seguir pagando, nunca va a dejar el auto, antes se recortará en otra cosa. En una de esas, hasta puede dejar de alimentar a sus propios hijes, porque el auto es el auto, el último bastión de una clase que ya tendía a desaparecer. ¿Quién necesita una clase media en América del Sur? Los grandes académicos y relatores de aquel año x en la historia insistían: Las clases sociales ya no existen. Solo deberían quedar dos categorías en la socidad: los que tienen y los que no. Todo bien con les teóriques, pero parece que lo que en verdad queda es una cantidad galopante de pobreza, que crece, que ve llevada al extremo su situación de carencia humana, ese derecho inalienable que parece ser oculto cada vez que alguien se levanta para defenderlo: Todes tenemos derecho a la dignidad de ser ciudadanes, a comer, a dormir, a tener un techo, a trabajar dignamente, a la salud, a la educación y a la cultura. Pero siempre se corre de atrás, y todo el tiempo da la sensación de que empezamos una vez más. Siempre de cero, siempre hay que reconstruir lo que nunca se destruyó porque nunca estuvo ahí. Es como la teoría del eterno retorno, solo que no hay desde donde arrancar de nuevo. A lo mejor, siempre estamos dando vueltas alrededor del mismo punto: la ciudad feliz, la ciudad industrial, la Perla del Atlántico, la del puerto pujante, la de los buzos y los alfajores más ricos del universo, la del polo tecnológico, la del superclásico del básquet, la esclava favorita de la provincia de Buenos Aires, la patria de represores, el abismo de las embarcaciones, la del verano de las dos quincenas de enero, etc, etc…

Por aquel entonces, Argentina año x, una provincia ardía. Endeudada en dólares y hasta la coronilla, había suspendido todo tipo de pagos. Les empleades del gobierno y los municipios realizaban paros y protestas a diario. El gobernador se negaba a renunciar, clamaba por ayuda al presidente de la Nación, que lo escuchaba mirando al techo con un gesto de resignación y desprecio. Tal vez, el único rasgo humano que le quedaba al máximo representante político de la Argentina del año x. Es que todo el país había perdido por goleada. Se habían tomado préstamos impagables para fugar dólares, una práctica extraña, que se veía como forma única de progreso. Como si todo el país estuviese invirtiendo el sudor de su pueblo en los caprichos del Oráculo de Delfos, que ni siquiera atendía en su tierra. Esperando el milagro se fueron consumiendo los últimos días de un gobierno democrático en crisis. Las reacciones llegaban cada vez más tarde, las lecturas equivocadas no hacían tiempo a corregirse. La crisis se había ido agravando. Solo faltaba reprimir sin piedad al pueblo sufriente, para coronar otro gobierno del terror más…

En aquel año x se conmemoraba un aniversario más de la desaparición forzada de alguna víctima del terrorismo de Estado. Lo llamativo era que aquello había sucedido en tiempos democráticos. Una enseñanza, en la Argentina del año x uno podía desaparecer, uno podía ser eliminado por el propio Estado. Afortunadamente, siempre estaban los organismos de derechos humanos, las madres y las abuelas, los nietos y las nietas, y todos los colectivos que las acompañaban desde siempre, demostrando que otra realidad era posible. Se podía, en algún caprichoso instante de la Historia, comenzar a forjar una sociedad justa e inclusiva, libre de xenofobia y discriminación, no patriarcal ni violenta, humana, mucho más humana. Pero, a fin de cuentas, parecían ser minoría. El contexto nunca era el adecuado. En el mundo reinaba la rabia, asesina de niñes. En el mundo del año x siempre estaba presente la guerra como forma de política real. Los líderes, las líderes, cada vez se parecían más a personajes siniestros de una ficción distópica. Como si el mundo del año x hubiese sido escrito por Philip K Dick o Ray Bradbury o Margaret Atwood o George Orwell. O como si nunca nadie en América del sur hubiese podido escapar del destino del habitante de Macondo. Macondos por todos lados…

Corría el año x en el barrio Rivadavia. Yo volvía a salir por la mañana a rutinear. Primero caminar hasta el trabajo, comprobar que habían cerrado un par de negocios más. Todo normal. El día parecía caluroso, pero seguro refrescaría en cualquier momento y se darían todas las estaciones en la misma hora. Todo normal. Alguien me comentaría que un tipo había matado a otra mujer. Todo normal. Otro lamentaría un robo a mano armada con final trágico. Todo normal. En cada esquina vería algún pibe o piba aspirando algo para sobrellevar el abandono y la soledad. Todo normal. Seguía caminando y se verían personas durmiendo en las calles, dentro de los cajeros de los bancos, y otros esquivando para poder seguir con la rutina. Todo normal. La juventud pensaría en cómo hacer para escapar hacia otro continente, cómo evitar esa fatalidad de ser argentine y marplatense, batánense. Una identidad llena de dudas y desilusiones. El año x había sido el último de un gobierno, el comienzo de otro camino. Había que estar preparado, había que estar atento: Imaginar que otra sociedad era posible, como atrapar una nube en un charco de agua.

****Humildemente, desde el barrio Rivadavia, Juan Scardanelli.

**Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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