Busquen mi verdad en la basura (un relato breve)

La siguiente narración sucedió en verdad. Esto quiere decir que es verídica, real. Voy a tratar de recrearla de la manera más fiel, haciendo caso y prestando especial atención a mi memoria, esa especie de bestia inmaculada que se aparece cuando se le ocurre y que se acomoda donde se le antoja. Lo primero que vale decir es que en la mesa, y sin que nadie lo advirtiese, había una pistola. No sé de qué calibre ni de qué tipo, no soy especialista en la materia. Pero sí recuerdo que era oscura y bastante más chica que las que acostumbran a pasar en las películas policiales. Lo que también había era una fuente, más bien grande y redonda, con dos trozos de pollo recién sacados de la parrilla. La noche era calurosa pero soportable. La parrilla estaba más fría de lo esperado y el carbón apenas había alcanzado para sacar la carne a punto. Esto quiere decir que estaba un poco jugoso, el pollo. Creo, más bien, que estaba crudo, casi como para salir al trote por el patio. Sí, la casa era chica pero tenía un patio grande, con medianeras cerrando el paso. Bueno, muchas veces habían sido saltadas por algún ratero, un chorro, un tranza escapando. Pero, por lo general, nadie circulaba con facilidad por ahí. Ese día estábamos dos en la parrilla, dándole oxígeno al fuego, para que prendieran bien las brasas. La intención era comer a las diez, cosa de estar brindando a las doce. ¿Que si era navidad o año nuevo? No, para nada. Estábamos en la víspera de un cambio de gobierno. No me acuerdo cuál ya, pero terminó siendo el peorcito de los que me tocó vivir hasta hoy. Debería ser uno de esos cachivaches de la derecha neoliberal, neoconservadora, neodiscriminadora. Yo no sé cómo puede haber gente que se identifique con eso, la verdad. O sea, entiendo al que odia a un determinado grupo político, por ejemplo a los gorilas, yo qué sé. ¿Pero apoyar en el barrio a esa clase política cajetilla? Nunca entendí ese trip. El tema es que estábamos adentro, ahora. El pollo hecho a medias, los dos que habíamos intentado con la parrilla y otras tres personas más, que supongo habrían hecho ensaladas y preparado algún trago para acompañar. La velada era agradable, como es agradable un presente que decide ignorar todo tipo de tiempo que no sea él mismo. Hermoso eso, se siente bien vivir un ahora así, que parece eterno. Pero eso solo se disfruta cuando no es más disfrutable, en un futuro que recuerda y es siempre medio angustiante. En fin, estábamos los cinco preparados alrededor de la mesa para comer el pollo, las ensaladas y beber los tragos. De fondo sonaba un periodista en la tele, de esos que se la pasan especulando sobre lo que podría pasar, inventando historias extrañísimas de un mañana incierto, citando fuentes dudosas que juraron grandes verdades en charlas informales, ultra secretas. Ese mecanismo come cabeza que ensayan los periodistas a diario. No importaba mucho, estábamos los cinco muy animados por la comida, muy felices por la reunión y ya medio resignados a finalizar un años más. Terminamos ya casi sobre las once, como una hora morfando, cuando uno de los que estaban en la cena comenzó, como sobremesa, a contar la historia del fantasma Sosa. Resulta, más o menos, que en el barrio había un tipo apellidado Sosa, que trabajaba cuidando coches en un garaje, por la noche. Tipo sereno era, creo, y parece que venía de una ciudad del norte argentino. En fin, este Sosa era un tipo joven, lindo guacho, y trabajaba para Don Onorio, un cincuentón castigado por el tiempo, los malos negocios y el whiskey berreta. Tenía una mujer, sí, unos años más joven, y que conservaba aún cierto encanto. Ahora que escribo la historia parece demasiado obvio lo que va a pasar, aunque no recuerde mucho los detalles. El nudo está claro y la resolución más que predecible. Sosa es un pibe bien educado, muy respetuoso y cariñoso con sus patrones. Don Onorio, una noche, se pasa con el whiskey y cae al garaje. Sosa lo recibe, lo trata bien, lo lleva a su cama y terminan juntos. ¿Se entiende? Bueno, en el barrio se empieza a rumorear, como suele suceder con estos temas, hasta que la historieta llega a oídos de Alicia, la mujer de Onorio. Ella no duda, porque ya venía sintiendo la lejanía de su esposo. Sin pruebas, lo que tiene son certezas a partir de habladurías y la falta de sexo con su marido. Ahorcada por la situación, asfixiada por la rutina miserable en la que se había convertido su vida, Alicia comienza tramar una venganza. Con lo cual, una noche, es ella la que cae medio borracha al garaje. Es ella la que pide el socorro de Sosa, que la ayuda y la lleva directo a su cama. En ese momento, Alicia no sabe qué quiere hacer. Sosa comienza a acariciarla, cuando Don Onorio entra y los descubre. Como está muy ebrio, no entiende razones y reacciona como un perro feroz. Se lanza hacia la cama y empieza a descargar sus puños con ira contra su mujer y el joven Sosa. Este último, como es más fuerte, logra zafarse e intenta un escape. Don Onorio abandona a su mujer golpeada en la cama y sale en la búsqueda del joven Sosa. En el camino, toma la cadena del portón principal del garaje y continua la persecución. Por desgracia, Sosa se resbala en la huida y Don Onorio le da alcance. Encima suyo, comienza a descargar cadenazos sobre el lomo del joven, y luego sobre la cabeza, dejándolo reventado. Alicia, horrorizada al ver la brutal escena, toma a su marido de la mano y se lo lleva directo a uno de los autos estacionados en el garaje. Rápidamente comienzan el escape, sin saber en dirección a dónde. Quien narra la historia en la sobremesa del pollo parrillero, asegura que el fantasma de Sosa suele aparecer alguna noche perdida, buscando su venganza por el barrio. Pero es un fantasma con limitaciones espaciales, por lo que solo consigue atormentar a gente que nada tiene que ver ya con Don Onorio y Alicia, quienes están vaya a saber en qué lugar del planeta. La verdad es que nadie volvió a saber de ellos. Pero el fantasma Sosa persiste, buscando en los mismos lugares de siempre, alguna noche sí, otra no. Y a pesar de su equivocación constante, insiste, como si intuyera que la pareja asesina aparecerá en cualquier momento por el garaje, que hoy es una iglesia evangélica. Los evangelistas lograron resignificar la presencia del fantasma Sosa, hasta le rinden culto porque lo tomaron como una especie de enviado de Jesús. Esto a Sosa lo enfadó mucho, ya que no es abordada para nada en serio su historia de venganza.

– ¿Lo notaron, no?

– ¿Qué cosa?

– Hay una diferencia de interpretación de la narración de la historia.

– ¿Cómo?

– El fantasma Sosa y todo el barrio saben que hay un motivo para que él se manifieste en ese lugar, que es la necesidad de concretar la venganza de su asesinato. Por el otro lado, los evangelistas interpretan esa manifestación como un milagro de su Dios, a pesar de que también conocen la historia del homicidio brutal.

– Pero la real es…

– A esta altura nadie lo sabe. Además, poco importa.

Los amigos seguimos con la sobremesa y los tragos. Ninguno entendimos demasiado la historia del fantasma Sosa. Ahora que la rememoro la interpreto mucho menos. Como que le faltan cosas para ser una historia, ¿no? ¿qué pasó con la pareja? ¿dónde se fueron, cómo se pudieron seguir soportando? ¿no se habrán matado entre ellos? ¿por qué el fantasma Sosa no se mueve del mismo lugar, si sabe que sus asesinos no van a volver ahí? ¿por qué piensa que lo asesinaros los dos, si solo Don Onorio fue el culpable? ¿por qué dar por sentado que el fantasma Sosa busca venganza? ¿y si en verdad es una aparición que busca manifestarse a los evangelistas para que le rindan culto? Como sea, la historia nos dejó a todos muy perturbados. Como decía, al otro día comenzaba un nuevo gobierno que iba a ser una mierda de derecha conservadora, con un riojano a la cabeza, que nos iba a arruinar económica, cultural y socialmente, porque eso es lo que hacen ese tipo de gobiernos. Todas esas cosas juntas más los tragos, nos dejaron un poco mal predispuestos, por lo que comenzamos a levantar la mesa. A partir de ahí, el recuerdo se me vuelve confuso. Sé que alguien no se movió, sobre las doce, se quedó sentado, mientras los demás íbamos y veníamos con los despojos del banquete. Nadie lo advirtió, hasta que sacó el revólver de debajo de una servilleta de papel. Los otros cuatro lo miramos con asombro y mucho miedo. Alguien atinó a preguntar qué mierda hacía con un arma en la mesa. La traje para darle algún final a la historia, dijo. Esta que volví a contarles esta noche, dijo. A lo mejor, yo soy el fantasma Sosa, o Don Onorio, o Alicia, o un amigo de ustedes. A lo mejor yo ví algo que ustedes pasaron por alto. A lo mejor se me fueron las ganas de tirar fotos a la basura. A lo mejor en la basura está la verdad. No creo que lo entiendan, pero esto termina acá.

Se escuchó un disparo que terminó con la paz de la noche. Nadie supo explicar qué fue lo que aconteció, cuáles los motivos. Mucho menos se llegó a ninguna conclusión, porque cuando la policía llegó al domicilio del disparo, al domicilio del pollo a la parrilla, no había más que sangre en las paredes, nada más. Yo lo cuento ahora, años más tarde, mientras soy testigo de otro cambio de gobierno. Todavía no me explico nada de lo que pasó esa noche, ni las que fueron antes, ni las que vinieron después. Solo tengo claro que la respuesta está al caer en un conteiner cualquiera, una noche cualquiera, de un barrio cualquiera.

——————————————————FIN——————————————————————-

Dice Ricardo Piglia que entender es volver a narrar. Pasemos a las preguntas:

1) ¿Quién narra qué cosa?

2) ¿Qué es ficción y qué realidad?

3) ¿Cuál es el marco de la narración?

4) ¿Quién es yo?

5) ¿Cuáles son los elementos que definen la narración?

6) ¿Cuál es la historia que se narra?

Todas preguntas para hacerse, para problematizar un poco el tema de la escritura, de la lectura, de la literatura. Como acostumbro a proponer todos los fines de año. No es la nota que esperabas ni que yo pensaba escribir. Me interesa tu respuesta, tu voz. Lo que quieras compartir lo espero por acá: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

Hay que tener en cuenta que leer es tomar decisiones, cerrar sentidos y abrir alguno. Y hay que hacerse cargo, siempre con la esperanza por delante, con la utopía como aliada que marca el camino y empuja hacia algo mejor. Con todos esos deseos y aclaraciones, espero que estemos comenzando a narrar una linda historia, más justa, comunitaria, humanitaria e inclusiva para todes.

*La foto pertenece al libro La calle, de Rafael Calviño.

**Y la banda sonora para este momento:    

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