Carambola temporal

Dios es el tiempo.

Y el tiempo no es piadoso.

Nacemos y nuestra vida ya se está escapando, como la arena de un reloj.

La muerte es inevitable para nosotros.

Nuestro destino no es nada más que la concatenación de causa y efecto.

En la luz y en las sombras.

(Extracto de la serie “Dark”)

 

No creo en el destino. No creo en la teoría del eterno retorno. Me cago en Dios (como dice Mario Santiago en uno de sus versos). Pero resulta que esta semana pasaron algunas cosas dignas de mención. A lo mejor, este texto quede muy desordenado y no se entienda demasiado. Bueno, si escribo es por buscarle algún comienzo a algo. Y la escritura nunca es transparente. Lo repito: La escritura NUNCA es transparente:

1) Estoy viendo la segunda temporada de una serie alemana que se llama Dark. Sí, ya sé que es bastante famosa, pero yo no la había descubierto hasta hoy. En la serie, un grupo estable de personajes habita un pueblito llamado Winden, que como todo pueblito de serie post Twin Peaks, tiene cosas infaltables: un gran bosque (aunque en verdad se usa un lugarcito nomás, siempre el mismo, que es la entrada a una cueva), asesinatos misteriosos (que representan la corrupción del terruño, en este caso las víctimas son los inocentes niñes), una fábrica o planta nuclear o corporación siniestra (en Winden es una planta nuclear), personajes trastornados que saben la posta (esos que se la pasan anticipando en clave lo que sería “la verdad de la milanesa”, pero nadie les sigue el apunte), algún/a detective que siempre (o casi) llega tarde (la condena del detective, llegar siempre a destiempo), un acontecimiento extraordinario (en este caso la presencia de un agujero negro en la cueva del bosque, que funciona de portal hacia otros tiempos, pasados o futuros, el ingrediente del género de ciencia ficción), muchos secretos y el melodrama (las historias de amor / desamor, viejas broncas, familias desmembradas, etc). Pero, sobre todo, lo que hay es la sensación de que, aunque los años pasen para atrás o para adelante, los personajes permanecen. En algún punto, obvio, van a estar todos conectados y todos serán el mismo / la misma persona. Además, esto de viajar en el tiempo termina con que todos los tiempos son un único tiempo. O sea, la idea es que el mundo es un recorte del mundo, dentro de un tiempo que parce inabarcable, pero es un tiempo también cercenado. Y ya como que las series que produce Netflix son todas una y una para todas…

2) En eso estaba el otro día, caminando por el barrio Rivadavia, como todos los días (haya ola polar o día pre primaveral, en este loco loco invierno), cuando me cruzo con una persona que me reconoce de algún lado y me saluda. Yo correspondí, pero con cierta duda en el gesto, lo que me dejó en evidencia, entonces vino el famoso…

– ¿No te acordás de mí?

Momento incómodo por excelencia. Y como pienso que es mejor la sinceridad compensada…

– La verdad me agarrás distraído, te veo cara familiar, pero no me acuerdo de qué.

Ahora que escribo y releo, lo de sinceridad compensada suena más a mentira amable, o “mentirita piadosa” en jerga religiosa. Como sea, a continuación vino el F5, la refrescada de memoria: yo soy tal, ¿te acordás?, de tal lugar, hicimos tal cosa con tal y tal, ¿no te acordás, en serio?

Ahí empieza el agravante, porque aunque me dio todos los datos precisos para activarme la memoria, yo no me acordé. Y ahí sí que vino la mentira…

– ¡Claro! Ahora me acuerdo de quien sos, ¿pasaron cuántos años de eso?

– Y, como quince años.

Quince años no es nada. ¿A qué viene? Cierto, una pregunta todavía más intrigante y de difícil comprensión ¿Cómo hacés para acordarte de una persona que viste un par de veces en tu vida hace quince años? En ese momento, sufrí un mareo existencial y me vi como un personaje dentro de la serie alemana de la que hablaba hace un rato…

3) Delorean mediante, quince años atrás, yo tendría unos veinte años aproximadamente. No tenía arrugas ni canas y podía clavarme los fondos blancos de cerveza que quisiera en toda la noche, levantarme al otro día a jugar al fútbol y volver a pegármela la noche siguiente. Estaba convencido de mi “aguante”. Claro que habría una crisis económica producto de algún gobierno neoliberal que siempre, SIEMPRE, hacen pelota el país que presiden, al menos en América Latina. Y yo era bastante distante, callado y muy observador. Todas cualidades de poca valía en un joven. Como sea, resulta que este joven, por algún motivo de la trama en la historia que todavía no logro comprender, decidió no hablarle a esta persona. Sí, esa misma persona que lo va a encontrar quince años después por la calle en el mismísimo barrio Rivadavia. El escenario del primer encuentro es una casa de La Florida, frente a donde el femicida Monzón matara a su por entonces mujer Alicia Muñiz. Ahí nos iríamos varios años más atrás, todavía, a través del agujero del tiempo, que estaría ubicado convenientemente, en el Parque Camet. Pero en esa época no había nacido. Sigamos en ese pasado donde sí estaba. Me veo en esa noche, en esa casa, en esa reunión y no me gusto así. Me caigo mal a mí mismo. Me pienso: espero que esa no sea mi reacción a las etapas con gobiernos de derecha. Esta persona es cálida, amable y está dispuesta…y yo me cierro en el abismo de la duda existencial. Desconfío, Desconfío del tiempo. Desconfío de las personas. Y, como dice Pappo, también desconfío de la vida. Y sobre todo, lo que ese personaje joven hace, tanto como los que habitan Winden, es no imaginarse el futuro. El futuro real. Por el contrario, lo que hay es una fantasía, alentada por la ansiedad y el mercado, por la propaganda y el humo. Lo que ese personaje cree como rupturista, como “andar sin timón y en el delirio”, en verdad es un esquema que tiene la forma de una espiral, que se muerde la cola, quince años para adelante, quince años para atrás. Siempre los mismo lugares, la casa de la reunión, el barrio, el parque, el tiempo y el drama existencial. Ojalá pudiera advertirle a ese personaje, que hay alguien que vale la pena ahí mismo, que la respuesta es como el enigma de la carta robada de Poe…

4) Pero la realidad en esta historia es la de Ricardo Piglia. La ficción paranoica. Detrás de cada crimen, siempre hay otro. La cagada es que si tal cosa es verdad, en quince años voy a estar metido en el mismo problema, me vas a volver a cruzar y te voy a volver a olvidar. La teoría del eterno olvido. Porque la voy a volver a cagar, en el gobierno va a haber algún otro payaso neoliberal y la pelota seguirá rodando para los mismos lados. Entonces, mejor pedir perdón y estar más atento, y mucho más receptivo con las cosas del afecto. No abunda, pero hay.

*Y en algún pasado, algún poeta beat me lo decía. Yo no había nacido, pero tomemos el atajo espacio temporal que propone la serie de Netflix, al menos, una vuelta más. Es Kerouac perdido en la ruta, rememorando a Rimbaud, cambiando las clavijas de la máquina del tiempo, desarmando poemas que ahora son pomes. Mirándome a los ojos, diciendo: “No te preocupes por la comida, juancito, hay un poco en todas partes.”

****Humildemente, Juan Scardanelli. Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

 

 

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