Cuatro relatos, un poema y algunas observaciones desde el barrio

Si nos vamos a dejar llevar por el mercado y sus caminos con auspicio, estamos condenados a la muerte cultural. Algo así, palabra más palabra menos, escuché decir a alguien, el otro día, en el supermercado. ¿No me creés? Está bien, pero puede ser que te pase algo similar en cualquier instante de tu vida, si prestás atención. No todo sucede por las aplicaciones del celular, esa es otra de esas verdades barriales que también llegó a mis oídos, directo desde la vereda de alguna calle en el barrio Bernardino Rivadavia. Obvio que hay un montón de otras frases que sí son intranscribibles, como esta: “andate a cagar gato, que te chupe la pija tu viejo”. En definitiva, no hay jerarquía y todas las voces nos conforman. Y cuando hilvanamos varias frases juntas, con un sentido argumental, tenemos lo que yo llamaría una historia. Y si estamos parados en la esquina de Francia y Castelli, una fría tarde de otoño en la ciudad de Mar del Plata / Batán, bueno, podemos decir que hay un pedacito de identidad, que forma parte de la cultura, que vale la pena intentar contarla por el solo hecho de que algunas voces cercanas se escuchen, un cachito más al menos:

  • Un joven se acerca a la playa para observar el mar. No aguanta las ganas de surfear, pero no hay una puta ola. Un viejo lo advierte, sale de la casilla de guardavidas, que es su casa en invierno, y le pregunta si no le podría dar un paquete de algo: yerba, fideos, lo que sea. Se conocen de vista, de habitar el mismo territorio. El joven lo saluda y le dice que sí, que tiene un paquete de yerba, que en cinco minutos se lo alcanza, vive cerca. Cuando regresa, el viejo lo espera sentado en la arena. La postal es otoñal y muy solitaria. Mucha gente pasa caminando por arriba, por la vereda, pocos se acercan a la arena, como si fuese suelo prohibido. El joven se sienta al lado del viejo, le da el paquete y le pregunta por qué vive en la playa, por qué no va a uno de esos centros para gente en situación de calle. El viejo no lo mira, sigue con su vista metida en el mar, le contesta que para qué, de qué le va a servir eso, si el desprecio va a seguir ahí carcomiendo su alma hasta que un buen día…

  • Una piba sale del cine en el intervalo, acaba de ver una de esas películas de súper héroes y heroínas. Se va hasta el quiosquito, pide un café. La amiga la sigue detrás, le pregunta qué le pareció la película hasta ahí. Con el café en la mano, le contesta que una mierda, que siempre es la misma historia, que por más que haya extraterrestres y viajen por el universo entero resulta que siempre hablan yanqui, y hacen chistes como los yanquis y solucionan los problemas como los yanquis creen que solucionan los problemas. La amiga la mira con cara de fastidio, porque ve que no está dispuesta a relajarse un poco, ni en el cine. ¿Y quién te dijo que el cine sirve para dejar de ser humano?

  • Un tipo entra a robar en un comercio de barrio. Quien atiende le explica que no tiene dinero, que no vendió nada en toda la mañana. El tipo con el arma en la mano se lamenta, toma un par de cosas que imagina importantes, le sustrae el celular y se va. Los dos piensan que es un mal día en el barrio. ¡Me cago en Dios!

  • A lo lejos vienen andando en bicicleta dos personas mayores de cincuenta, por el camino asfáltico del parque Camet. Una le cuenta a la otra que hace añares, cuando tenía catorce más o menos, su padre lo llevaba allí a jugar a los juegos, cuando había juegos, y a montar a caballo. Era el único instante que recordaba de su infancia / adolescencia en el que veía a su padre feliz. No era un tipo muy comunicativo, pero qué se yo, cuando caminaba por el parque, como que la cara se le transformaba. Hasta parecía un buen tipo, te juro…. La otra persona que escuchó la historia, sin dejar de pedalear, se enterneció y contó la suya que, palabras más, palabras menos, dice así:

La llevaron dos hermanas, un mediodía de otoño.

Hacía frío, pero no había viento en la costa.

Bajaron a la playa, ella en el medio, asombrada,

apenas reparó en un hombre que venía delante,

que la miró soñando con alguna señal.

Ella estaba conmocionada, caían lágrimas de sus ojos.

El mar estaba ahí, más azulado que nunca.

Recordó su adolescencia pasada:

“Yo tenía catorce años, me acuerdo como si estuviese pasando ahora.

Él no me quería, pero cuando me llevaba a la playa

parecía el hombre más feliz del mundo.

Yo, corría tras las olas, con mi hermano más chico.

Parece la vida de otras personas, y es un recuerdo mío”

Las hermanas evitaron mirarla,

cualquier acontecimiento previo

a la vida en el monasterio

no tenía sentido para su mezquino Dios.

Pero ese vaivén de espuma azul y blanca,

la hizo recordar,

tuvo la certeza de que si existía un Dios,

estaba en la arena,

en el pasado,

con su recuerdo.

Lo demás, solo espuma estancada

en las escolleras, un mediodía

frío,

en la playa.

 

De alguna forma todos los relatos se unen porque, aunque no parezca, estamos juntes y somos iguales. Transitamos el mismo espacio, comprendemos los símbolos que sabemos manipular y formamos parte del mismo tiempo. Solo que, a veces, nos dejamos olvidar.

Para todo lo demás, están las industrias culturales.

 

Hoy escuchamos:

*Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

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