TECHO (un poemal)

 

Yo tenía un techo amarillo y alto,

el techo de la infancia

– ¡La patria es el techo! –,

que me quedaba alto, inalcanzable.

Después, tuve un techo rojo,

mucho más cerca de mi mano,

con pinta de telo y humedad galopante,

como si la adolescencia estuviera

pasando por el barrio.

Y, más tarde, me cobijó otro techo

de madera escalonado, irregular,

sostenido por vigas que eran

la dieta diaria de dos bichos taladro,

tenía lunares y manchas negras

que trazaban dibujos raros,

los de la injusticia de la pre adultez.

Mas luego padecí un techo blanco,

inmaculado solo un día a la semana,

refugio bajo de telarañas y escorpiones,

un techo lleno de los riesgos

que venían con las primeras canas,

un techo que se jactaba de su pureza,

pero que solo era tratado por el plumero,

habitante disperso y sin razón.

Y tuve un techo turquesa,

cosa rara,

de viajero de paso,

un techo chico y económico,

que me ayudó a eyacular imaginando

un cielo marmolado,

reflejo de mares extranjeros.

Un techo de durlock tuve,

todo lleno de masilla

y pintado con desprolijidad,

el techo de un matrimonio

improvisado, con suegros,

cuñados y niños malcriados.

También tuve un techo de quincho,

lleno de polvo y olvidado,

con olor a humo de asado

de domingo,

un techo donde me separé

dos veces,

un techo frío, donde dormí solo,

y, obvio, tuve un techo de alta mar,

con mucho güisqui y habano,

un techo pasajero y bamboleante,

que me hacía vomitar

en la tormenta.

Y tuve un techo interminable,

un espacio vacío,

con eco,

donde sufrí la peor pesadilla

de toda mi vida,

un sueño donde se me caían

los dientes a la orilla del mar

de la vejez.

Claro, el techo del hospital,

un techo con olor a enfermera,

agudo como jeringa

y olvidado de adornos y ornamentos.

Otro techo fue de chapa, caliente,

el de la terminal, donde me escapaba

de la muerte,

un techo lleno de mierda de paloma,

un techo con peaje.

Siempre me acompañó un techo celestial,

sin consistencia,

y tan engañoso

como las filtraciones que escondía,

un techo lleno de aire contaminado

por las conversaciones con amigos,

un techo de humo de cigarro,

un techo con partículas de cocaína,

miles de techos que daban vueltas

y no se quedaban quietos,

los techos de puro ron.

Y siguieron los techos que ya no

quería mirar, techos de la desilusión,

y volvía el techo de la infancia,

cada vez que me quedaba solo

y apagaba la luz,

un techo sin tiempo,

que ya olvidé

y que deseo me esté esperando

después de que tenga mi techo de tierra,

el de pino,

el último

de mármol.

 

JMP

 

 

***Contacto: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar

 

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