En una de
sus novelas, Tom Wolfe habla del «modo Atlanta”. Quiere decir, de la ciudad
yanqui que se llama Atlanta. Y que tendría tres sectores bien definidos, al
menos electoralmente, porque es un político el que habla por el autor. El
primero, el núcleo duro de los afroamericanos del sur. Y ahí hace una primera
parada para explicar el momento exacto en el que políticamente se crea esa
coyuntura, quienes usan el término discriminatorio de “negro”, y el nuevo
enfoque progresista “afroamericano”. Digo progresista por ponerle un nombre de
la política actual, para que se entienda. La novela es de fines de los ochenta,
principios de los noventa. Vale la aclaración junto con la imprecisión, porque
una novela es un proceso creativo que puede extenderse por años. En el segundo
espacio, se ubicarían los blancos del norte de Atlanta, un grupo mucho más
reducido que el primero, pero que no representa la totalidad de la gente
adinerada y con poder. Entre medio, o yendo y viniendo, un montón de cruces, de
los llamados “oreo”, como la galletita, acusados de ser negros por fuera y
blancos por dentro. Y también están aquellos que solo tienen el color del poder
y del interés por dinero. Y ese es en verdad el tercer sector, que es más bien
un móvil, y que paradójicamente vendría a zanjar las diferencias raciales y sociales:
el dinero. El “modo Atlanta” es el modo del capitalismo mundial, a pequeña
escala. Esto quiere decir, que no hace falta luchar por ninguna ideología, por
ningún poder, por ningún representante o Dios. Lo que manda es el dinero, la
capacidad de hacer negocios con la otra persona, aunque se trate del diablo
mismo. Si se pueden hacer negocios, lo demás poco importa. Y, aunque todavía
quede alguien con cierta decencia y orgullo, el futuro que le espera está
cantado: o se muere con sus ideales apartado de la vida política y social, o se
acomoda y hace lo que puede con su culpa. Se recomienda ir a misa los domingos,
darle de comer a indigentes un par de noches a la semana, tener una familia
numerosa y brindarles buena educación a los hijos. La “manera de Atlanta”, una
manera que desmenuza magistralmente el periodista escritor, escritor
periodista, Tom Wolfe. Y acá va un dato muy genial para todos los rastreadores
de libros, si es que todavía queda alguno: esta novela me la encontré tirada en
la esquina del barrio Rivadavia. Sí, exactamente en Francia y Garay, toda
destrozada por el efecto negativo del viento y la última lluvia. La restauré
como pude, y me puse a leer casi sin parar. Casualidad, y no tanto. Porque era
obvio que me iba a encontrar con la literatura de Tom Wolfe en algún momento, y
porque era muy probable que este libro anduviese por las esquinas del barrio
Rivadavia. Porque sí, amigues, hay un “modo barrio Rivadavia”, y no tiene grandes
diferencias con el de Atlanta, o el de cualquier otro espacio citadino del
mundo. Si tuviese que recomendar algo de Tom Wolfe, recomendaría una especie de
biografía / nota periodística / relato ficcional que realizara sobre un
corredor de autos del sur de Estados Unidos, un granjero blanco que destacó en
las carreras Nascar, por ser el más rápido de su generación. Pero, como en la
novela que me encontré tirada en la calle, cuando Wolfe habla sobre un hombre,
en realidad lo que hace es contar toda una sociedad, un pedazo de tiempo, unas
costumbres. Y llega al fondo más profundo y rancio de un sistema que, por
contradictorio que parezca, le dio todo y más. Y sí, él lo disfrutó, porque es
un tipo controversial. Calculo que un poco como todos. Hay que hacerse los distraídos,
a veces, otras veces renegar y levantarse contra las injusticias, y a la noche
buscar un lugar cálido para dormir, no sin antes haber pasado por algún
restaurante con rica comida, unos buenos tragos, linda compañía…Y eso sería el
modo que fuere, porque después podemos hacer el papel del indignado y contar
todo en cualquier parte, ponerlo por escrito, mediarlo con palabras que ya son
otra cosa. Insisto, lo que importa es la forma. Lo que me importa es la forma,
perdón. Entonces eso que pone los argumentos a correr en las pistas, eso del
dinero. Dos cosas se necesitan para triunfar en el “modo Atlanta”: dinero y
organización. Las dos cosas por separado no alcanzan, por lo que es preciso
trabajar un poco. Tampoco tanto, porque también hay que darle tiempo al goce.
Son estos tiempos, cincuenta y cincuenta. Después, queda todo en manos del gurú
sentimental, el pastor, el rabino, el chamán, el instructor de running, el
psicólogo, el yogui, el asesor en inversiones. Una cerveza es lo que elijo esta
tarde de tanto calor. Una esquina que es la mejor, porque parece que ahora me
provee de libros, esos artefactos que necesito para vivir, porque después de
todo sí que soy un consumidor más, de cosas, de sentimientos, de amaneceres y
de gurúes. Habría que aclarar un espacio más, y que es el que deja de lado Tom
Wolfe, a propósito. Es en el que se pone él para narrar los otros espacios.
Sería una manera muy especial, muy única, la “manera Wolfe”. Contradictoria,
difícil de precisar, revolucionaria en su momento, porque cambió la manera de
hacer periodismo escrito. Una manera que renació de sus cenizas, y que tal vez
ahora solo sea un recuerdo de museo, porque toca el tiempo de las redes
sociales, el de los lectores de superficie, de frases perdidas, de titulares
incompletos. Un último trago en honor a esos antiguos periodistas escritores,
un último artículo que sirva para recordarlos en su cementerio de papeles y
redacciones que ya no existen. Y no está ni bien ni mal, porque no es una
cuestión moral. Es lo que es, el “modo Atlanta”, el “modo Barrio Rivadavia”.    


*****de fondo, y porque ya cumple cincuenta años, esta música inoxidable:

************Humildemente, Juan**********esta vez con nombre***************