Hacía esos recortes para olvidar el contexto. Siempre es más
fácil mirar un determinado sector y pensar que las cosas ahí están bajo
control, que no pueden ocasionar el final de nada. Se sentía un poco cansado de
ese determinado sector, siempre amable, siempre en suspenso. Era como se
imaginaba un alma, si acaso algo como eso existiera. Figuras suspendidas
captadas por otras figuras suspendidas, que a su vez son captadas por otras más.
Y todo así. Volvía sobre esa nube que parecía quieta, que daba una sensación
que no sabía expresar, porque claro que todo lo vivo es constante revolución.
Pero esa tarde, esa encuadrada tarde, quería dejar la imagen fija. El tiempo lo
llevaba hasta un lugar no muy lejano, con paisajes muy similares, porque es
imposible enfocar aquellas cosas que nos pasaron de largo. Muchas veces esos
sentimientos se mezclaban y querían tomar su lugar, mostrar movilidad. Pero era
tan fácil dejar que se deslizaran bajo el mismo marco, sin causar estragos,
olvidando lo que ya no quería recordar. Evocaba una frase que le pareció
ingenua: “nada dura para siempre”. Pero no resultaba en él, porque sabía como
nadie que el pasado sí que rompe la regla, está todo el tiempo presente hasta
el final. Entonces, ese cielo era una evocación de otros tiempos, los suyos y
los de quienes habían venido por detrás. También, era proyección, embrión de
los que estaban siempre por llegar. Y la esperanza descansaba en esos últimos,
que se apresuraban por ser pasado, porque ahí dormía la gloria. Era tarde, el
barrio estaba confundido, las calles lo reflejaban sin pasión y había tanto por
hacer, tanto. Como levantarse por la mañana y tratar de no morir en el banco de
una plaza. O correr el colectivo para no llegar tarde a donde, tal vez, ya no
se puede llegar, ya no se deba llegar. Había rumores que lo perseguían,
necesitaban culparlo de algo. Todos quieren descansar bien, sobre las
voluntades de los demás, porque es más fácil, porque el peso no es ligero. Y
seguía con el recorte, detallaba sus ojos en la nube, que no parecía poder
resistir el ansia del viento por desmembrarla. Vaya metáfora, se dijo. Pero no
quiso ahondar más, estaba cansado, los ojos le empezaban a pesar en el pasado,
cada vez un poco más. Los sonidos eran los motores de toda una vida, la de las
fábricas y sus operaciones, sus fusiones, sus costumbres de explotadores y
explotados. El cielo no le mostraba ningún límite moral, era así como debían
sentirlo los dioses, que ya no están, que se fueron hace tantos pasados. Pero
los recortes de los atardeceres cansan, vienen llenos de damas que relucen un
brillo dorado que nunca tuvieron, de amables noticias que esconden violencia y
guerras. Pero todo eso, recortado, es una manera de interpretar y nada más.
Porque para ver el horizonte completo no alcanzarían los ojos de nadie. Los de
él eran apenas comunes. Grandes y negros, con cejas súper pobladas, que habían
tenido la sed de un mundo que nunca había existido y nunca existiría. Le pedían
que no tirara abajo esa imagen, que la pintara de púrpura, que la resaltara,
que la adornara de bondades que nunca recibió. ¿Cómo se atrevían a pedirle lo
que nadie le había dado? Solo un recorte, es todo lo que debía ofrecer una
tarde cualquiera. Un espacio dentro de la inmensidad que lo comprendía todo,
pero que él jamás iba a desentrañar. Los misterios son motores imposibles, pero
sirven para ir tirando, para acercarse al precipicio y tratar de imitar a una
gaviota en pleno vuelo. ¿Pero qué más podía hacer, esa tarde, todas las tardes?
Escuchaba, a lo lejos, las necedades diarias, los falsos amores, los odios
intensificados, las mezquindades, las propias y las ajenas. Un recorte. Un
trozo nomás, para que no enfermase el corazón. Y vaya que insistían en
convencerlo de sus errores, que él conocía perfectamente. Tal vez era lo mejor
que podía hacer, alzarse con las frustraciones de los demás, ser el filtro para
toda esa mierda que ofrecía una parte recortada del mundo. Siempre un recorte.
Una condena. Una esperanza. ¿Para dónde caería su alma aquella tarde? No quería
saber, solamente esperaba poder poner su atención en ese espacio elegido, en
ese plano y en nada más, en nadie más. Porque el secreto era intentar un escape
de algunos minutos, un escape del tiempo, ser presente. Olvidarse de todos los
otros engranajes del tiempo, habitar el no lugar donde todas las cosas son
posibles y todos los hechos son directos. Esa tarde debía ser, ninguna otra
más. El conjuro terminaría pronto, porque siempre en la vida la ley máxima se
cumple. La oscuridad de la noche primaveral se llevaba, una vez más, el recorte
de su cielo, del barrio Rivadavia. Alguien gritaba desde el patio de alguna
casa, unas niñas hacían sonar la pelota contra la medianera más blanca y
agrietada del patio. Y eso había sido todo, un mundo para él y sus ojos. Un
recorte, apenas, un recorte. Tenía hambre y muchas ganas de mear. Una birra lo
esperaba a la vuelta de la esquina. Si hubo una magia existente -aquel
atardecer- ya estaba siendo devorada por todo lo demás. Le había quedado algo,
solo que no era ese su momento para volar.

*******Humildemente, Juan Scardanelli. Esta tarde, disfrutando del silencio………………..El contacto de siempre: juanmanuelpenino@yahoo.com.ar********************nada más lindo que sentarse a escribir, pararse a escribir, correr para escribir, nadar escribiendo, volarescribir, leerescribir, vomitarescribir, cogerescribir, caminarescribir, escribir**************************Foto: el cielo en la tarde desde un patio, barrio Rivadavia MDP-Batán********************